Por Leandro Casadiego
Hay historias que terminan convirtiéndose en símbolos de un país entero. La de Víctor Hugo Quero y su madre, Carmen Teresa Navas, ya es una de ellas.
No solamente por la tragedia. Venezuela ha acumulado demasiadas tragedias en estos años. Lo que vuelve esta historia imposible de olvidar es todo lo que representa: el miedo, la desaparición, el desgaste psicológico, el silencio institucional y esa sensación de abandono que millones de venezolanos aprendieron a conocer demasiado bien.
Una madre de 82 años recorriendo hospitales, cárceles y tribunales durante 16 meses buscando a su hijo. Preguntando en oficinas donde nadie respondía claro. Cargando documentos, fotografías y una esperanza que se iba rompiendo lentamente. Despertándose cada día pensando si Víctor tendría hambre, si estaría enfermo, si todavía seguiría vivo.
Y mientras ella seguía buscándolo por toda Caracas, el Estado ya sabía que su hijo había muerto bajo custodia meses atrás.
Víctor Hugo Quero tenía 51 años. Era comerciante informal. Funcionarios de la DGCIM lo detuvieron el 3 de enero de 2025 cerca de Plaza Venezuela. Lo acusaron de terrorismo, conspiración, traición a la patria y asociación para delinquir. Cargos enormes. Difusos. Familiares y organizaciones de derechos humanos denunciaron desde el inicio que nunca existió transparencia real sobre las pruebas o los hechos concretos que justificaran su detención.
Después vino algo todavía más oscuro: desaparecer dentro del sistema.
Y eso es importante decirlo así, sin adornos. Porque en Venezuela la desaparición dejó de ser solamente física. También es burocrática. Administrativa. Humana. Una persona deja de existir en expedientes, en registros, en respuestas oficiales. La familia entra en un laberinto donde nadie confirma nada, nadie niega nada y el tiempo empieza a destruirlo todo.
Carmen pasó más de un año viviendo dentro de ese laberinto.
Iba a El Rodeo. A tribunales. A hospitales. A la Defensoría. A la Fiscalía. A morgues. Preguntando una y otra vez por su hijo mientras el Estado ya sabía que Víctor había muerto desde julio de 2025 y había sido enterrado sin informar a la familia.
Es precisamente ahí donde historias como esta empiezan a adquirir peso histórico y social.
No quedan únicamente registradas como tragedias familiares. Terminan convirtiéndose en referencias colectivas de una época y en evidencia de cómo determinadas estructuras de poder afectaron la vida cotidiana de millones de personas.
Los países que atraviesan períodos de violencia política siempre enfrentan la misma pregunta después: qué hacer con el dolor acumulado. Algunos intentan esconderlo rápido debajo de discursos de reconciliación vacíos. Otros prefieren olvidar porque recordar incomoda demasiado. Pero los países que realmente logran reconstruirse entienden algo fundamental: la memoria no es venganza. Es prevención.
Recordar sirve para que una sociedad pueda identificar las señales antes de repetirlas.
Para entender cómo un Estado empieza a normalizar el abuso. Cómo se vuelve aceptable acusar ciudadanos de terrorismo sin transparencia. Cómo las instituciones dejan de proteger personas y comienzan a protegerse a sí mismas. Cómo el miedo termina infiltrándose en conversaciones familiares, universidades, medios, barrios enteros.
La historia de Carmen y Víctor debería enseñarse algún día en escuelas venezolanas. No desde el morbo. Desde la memoria democrática.
Porque Venezuela no necesita solamente cambios políticos. Necesita construir una cultura donde casos así no puedan volver a ocurrir jamás. Donde ningún funcionario sienta que puede desaparecer a alguien sin consecuencias. Donde una madre no tenga que pasar sus últimos años recorriendo cárceles para exigir información básica sobre su hijo.
Y quizás por eso esta historia golpea tanto a quienes vivimos fuera.
¿Retornar o quedarse?
Muchos migrantes venezolanos empezaron a preguntarse recientemente si era posible volver. Si después de tantos años comenzaba finalmente una nueva etapa. Pero historias como esta recuerdan que todavía existen heridas abiertas demasiado profundas.
El miedo no desaparece porque cambien algunos nombres dentro del poder.
La confianza tampoco.
Yo sí creo que algún día existirá otra Venezuela. No perfecta, porque ningún país sale intacto después de tantos años de miedo, persecución y fractura social. Pero sí una Venezuela capaz de hablar de todo esto sin tener que bajar la voz. Una Venezuela donde las víctimas no sean incómodas para el relato oficial ni casos que se intentan olvidar rápido para seguir adelante.
Lo pienso mucho viviendo en Lima.
Pienso en eso cada vez que llamo a mis padres y siguen allá. Cada vez que uno aprende a hacer vida en otro país mientras parte de su cabeza sigue permanentemente conectada a Venezuela. Porque migrar también es eso: vivir entre dos lugares al mismo tiempo. Construir rutina afuera mientras uno sigue pendiente de lo que ocurre adentro.
Y por eso historias como la de Carmen y su hijo Víctor Hugo golpean tan fuerte a quienes estamos fuera. Porque fácilmente podría ser la historia de cualquier familia venezolana.
Con el tiempo, algunos casos dejan de pertenecer únicamente al ámbito judicial o político. Empiezan a formar parte de la memoria emocional de un país. Pasó en España con las familias que todavía siguen buscando desaparecidos del franquismo. Pasó en Alemania, donde recordar a las víctimas del nazismo se volvió parte importante de la historia del país. Pasó en Perú con las víctimas del terrorismo y los años de violencia. Y pasa en países donde el miedo marcó a generaciones enteras y donde muchas familias tuvieron que buscar solas respuestas que el Estado nunca quiso dar. Venezuela eventualmente también tendrá que construir esa memoria.
No para quedarse atrapada en el dolor. Más bien para entender lo que ocurrió y evitar que vuelva a repetirse. Porque un país que no preserva la memoria termina dejando a las víctimas solas por segunda vez.
Y a veces imagino algo muy específico.
Imagino regresar desde Lima a Caracas después de muchos años. Llegar al aeropuerto de Maiquetía. Cruzar la ciudad otra vez. Ver lugares conocidos.
Y encontrarme en alguna plaza con un espacio dedicado a Carmen Teresa Navas y a Víctor Hugo Quero.
No un monumento grandilocuente. No propaganda política. Algo sobrio. Humano. Un lugar que obligue a detenerse unos minutos y recordar.
Ella sosteniendo la foto de su hijo.
Él finalmente encontrado.
Los dos juntos después de tanta búsqueda.
Y alrededor, una Venezuela distinta. Una donde las madres no tengan que recorrer cárceles preguntando si sus hijos siguen vivos. Una donde las desapariciones forzadas no formen parte de la conversación pública. Una donde las nuevas generaciones conozcan estas historias porque el país decidió contarlas, no esconderlas.
Quizás ahí empieza realmente la reconstrucción de una sociedad: cuando la memoria deja de dar miedo.

Sobre el autor
Leandro Casadiego es comunicador venezolano y cofundador de Ciudadanía Sin Fronteras. Desde Lima trabaja en proyectos vinculados a migración, integración, ciudadanía y derechos humanos, impulsando iniciativas que buscan conectar a las comunidades migrantes con oportunidades de participación, desarrollo e incidencia pública.
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